La comedia perfecta: 'El crédito'

 

El autor de éxito Jordi Galcerán nos hace reflexionar sobre dos instituciones básicas del ser humano: la familia y la amistad.

 

 

Han vuelto a representar en el Teatro Maravillas de Madrid la obra de Jordi Galcerán El Crédito, una de esos artefactos para la risa que funcionan con la precisión y el suspense del reloj con cuenta atrás de una bomba instalada por un comediante en los bajos de nuestra sociedad, de nuestras instituciones, costumbres y creencias. En este caso la muerte está garantizada pero con sonrisas no exentas de cierta incomodidad al vernos representados en esos juegos y roles sociales que hacemos pasar por "la vida".

 

El director de una oficina bancaria, interpretado por Carlos Hipólito (un nombre que, como Lionel Messi, identifican en una profesión la sublime excelencia combinada con el trabajo estajanovista), recibe en su despacho a un pobre tipo (Luis Merlo, el mejor histrión del teatro español, con una potencia y una flexibilidad cristianorronaldiana, que convierten sus diálogos con Hipólito en una lucha sin cuartel de gladiadores) que sin avalistas le pide un crédito (no sabremos nunca para qué). Hipólito, claro, se niega, con todo el (presunto) dolor de su corazón, pero entonces Merlo le hace un envite, una oferta de esas que no se pueden rechazar... pero Hipólito la rechaza. Incipit tragoedia, incipit parodia.

 

Con el telón de fondo de la crisis económica producida por el "neoliberalismo" que, como le explica Merlo a un estupefacto Hipólito, ha introducido una dosis masiva de inestabilidad en nuestras vidas burguesas –El crédito es el reverso pequeño burgués, en clave BBVA, de las tragicomedias cinematográficas Wall Street y El lobo de Wall Street–, en realidad el tema que nos plantea Galcerán para la reflexión, entre carcajada y sonrisa cómplice, es el de la confianza. Lo que diferencia a la sociedad humana de otras sociedades animales es que nosotros necesitamos, más allá de los determinantes biológicos, un grado mínimo de confianza para seguir funcionando, para que los vínculos que nos unen los unos a los otros sean tan invisibles como poderosos. Hubo una época en la que esos vínculos estaban avalados por alguna instancia sobrenatural, de Dios al Patrón Oro, pero esos fundamentos, entre supersticiosos y venerables, fueron demolidos por el Dream Team filosófico de la Modernidad -de Descartes a Hegel con Nietzsche ejerciendo de notario del fallecimiento- y ahora nos queda una confianza basada ¿en qué? En cualquier caso, y a diferencia de los tiempos dominados por la Fe, en la era actual del dominio del cálculo racional y el interés compuesto, ya nunca podrá ser confianza "ciega".

 

Galcerán usa, en esta comedia, la crisis capitalista y las instituciones financieras, la infraestructura económica, para darnos que pensar un rato sobre los fundamentos sentimentales de las dos instituciones básicas del ser humano: la familia y la amistad, es decir, la superestructura emocional. Y, como en el caso de Casablanca de Bogart y Rains, nos advierte de que el fin de un amor puede ser el principio de una gran amistad.

 

Del mismo modo que El veneno del teatro, de Rudolf Sirera, Arte y Un dios salvaje, de Yasmina Reza, o Días estupendos, de Alfredo Sanzol, Jordi Galcerán ha elaborado una obra maestra filosófica en las tablas de un teatro. Si además se tiene la suerte, como ha sido mi caso, de haberlas visto protagonizadas por soberbios intérpretes como Manuel Galiana y José María Rodero; Flotats, Pou e Hipólito; Maribel Verdú, Aitana Sánchez Gijón, Pere Ponce y Antonio Molero; el equipo habitual de Sanzol o ahora Carlos Hipólito y Luis Merlo, la dicha es completa (y hasta el 28 de febrero en Madrid podrán disfrutarla).

 

Santiago Navajas  2015-01-08

 

 

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