Una época sin garantías

Análisis de Natalia Erice sobre el texto de Jordi Galcerán en El Kiosko Teatral.

 

Leer la última comedia de Jordi Galcerán en las páginas publicadas por Ediciones Antígona provoca ese enganche reconocible en los textos de este autor catalán, catapultado al éxito por El método Grönholm. Si esta obra, llevada posteriormente al cine por Marcelo Piñeyro, se convirtió en un fenómeno teatral sin precedentes, El crédito ha seguido un camino muy similar en las carteleras de Madrid y Barcelona, donde ha conquistado al respetable con protagonistas de primera línea: la pareja formada por Carlos Hipólito y Luis Merlo (en el caso del montaje dirigido por Gerardo Vera) y la compuesta por Jordi Bosch y Jordi Boixaderas (en la versión catalana, bajo la batuta de Sergi Belbel).

 

Ante la afluencia masiva de público y la consecuente dificultad para conseguir entradas, Galcerán (Barcelona, 1964) se rinde ante la evidencia: “Tengo que decir que la reacción de los espectadores de El crédito es tan explosiva como lo fue con El método”. Cabe preguntarse entonces cuál es el cóctel infalible que tanto atrapa del teatro del premiado autor de Palabras encadenadas o Dakota, quien mantiene también en cartelera, por tercera temporada, Burundanga, una comedia nacida de un tema tan serio como el terrorismo. He aquí una de sus claves fundamentales: convertir en asunto cómico materiales extraídos de la realidad más actual y dramática, creando un juego siniestro de consecuencias insospechadas. Si tomamos como referencia los tres ejemplos citados, este ingrediente reina en todos ellos, pues la risa desconcertante que provocaba El método Grönholm no brotaba sino del estupor de sus personajes, cuatro aspirantes a un importante puesto de trabajo en una empresa multinacional, que se ven sometidos a un insólito y competitivo proceso de selección. Burundanga, tal y como hemos apuntado, se lleva al terreno de la comedia las siglas ETA, cuya disolución dibuja de forma un tanto inverosímil en esta aplaudidísima obra. Llegados a El crédito, el texto que nos ocupa, nos topamos de bruces con otra triste realidad que inunda los periódicos y sume a gran parte de la población en una precaria situación: la de esos bancos implacables, que han pasado de regalar los créditos a cerrar el grifo cuando ha estallado la burbuja financiera.

 

Los dos lados de esta injusta balanza se ven representados en esta comedia, que presenta al director de una sucursal bancaria y a un cliente en una oficina del BBVA, discutiendo sobre la concesión de un crédito, en lo que podría parecer una escena totalmente cotidiana. En esa normalidad, Galcerán encuentra otro poderoso lazo con el espectador o el lector de su obra, el de la identificación con sus personajes, en cuya piel habrá estado más de uno en los últimos tiempos. Al fin y al cabo, este autor centra su interés en retratar a sus coetáneos, de manera que, tal y como afirma el director Gerardo Vera en el prólogo de la publicación de Ediciones Antígona, “a partir de una situación cotidiana, Galcerán llega a profundizar en los miedos, la frustración y la angustia del hombre contemporáneo”. Para internarse en estos pantanosos terrenos, se necesita de una eficaz carpintería teatral como la que maneja el autor en esta obra, a la que dota de giros inesperados, sólo aptos para buenos actores y avezados directores como Belbel (quien estrenó El método Grönholm en Cataluña) o Vera, cuya nueva etapa en el teatro privado, tras dirigir durante casi ocho años el Centro Dramático Nacional, le está reportando triunfos en cartelera como El crédito o El cojo de Inishmaan, de Martin McDonagh.

 

Cuando parece imposible que el personaje del banquero, pintado como un tipo seguro y atrincherado en la política de la empresa, ceda ante las escasas garantías que ofrece el solicitante del crédito, llega el gran viraje de la obra. Desesperado ante las continuas negativas, Antonio (el cliente) señala la foto de familia que tiene Gregorio (el director) en su despacho y recurre a una amenaza fuera de toda lógica: “Si usted no me da el crédito, yo me follaré a su esposa”. La estrategia de este personaje no sólo descoloca a su antagonista sino también al espectador, que empieza a relamerse con las consecuencias que dicho órdago puede acarrear a la trama. El artefacto de la comedia explosiona a partir de este envite, la locura se apodera del diálogo y no damos crédito (nunca mejor dicho) ante el chantaje que el cliente plantea al empleado de banca: seducir a su mujer hasta conseguir que ésta le abandone. Momentos antes de esta extrema determinación, el agobiado ciudadano recurría a su palabra como único aval al que aferrarse cuando a uno sólo le queda la dignidad: “Tiene mi palabra. Esa es mi garantía”. En estas réplicas, el autor condensa el carácter excluyente e  inhumano del sistema capitalista, que el director ilustra con su respuesta: “La lástima es que la palabra, siendo un valor, no lo niego, no es un valor que pueda cuantificarse en euros. Y aquí, lo que se maneja, son euros”. Lo que el personaje de Gregorio ignora al comienzo de la obra es que nadie está a salvo de las garras de esta compleja crisis, que en cualquier momento puede extender sus tentáculos al plano emocional, tal y como comprobará poco después cuando vea peligrar su estabilidad sentimental por culpa de la descabellada amenaza de un desconocido, cuya palabra parecía carecer de valor minutos antes. A partir de entonces, las reglas del juego cambian y, junto a los euros, aparecen los miedos como moneda de cambio. Así es cómo Galcerán recorre con maestría el camino de una comedia, que parte de la precariedad económica para hablar de otra miseria más profunda: la que atañe a la vulnerabilidad de los sentimientos y a todo aquello que consideramos seguro en nuestras vidas.

 

Las espirales de locura constituyen otro de los puntos fuertes de la escritura de Jordi Galcerán, un ingrediente que no podía faltar en El crédito. El desequilibrio que el osado cliente provoca en su rival está construido a base de hilarantes acometidas y parlamentos llenos de delirio, en los que el autor despliega un gran talento cómico, con el que ofrece un enorme disfrute al público pero también a sus actores. A base de un ritmo vertiginoso, consigue dar la vuelta al planteamiento inicial de manera que, en la segunda parte de la obra, vemos al directivo necesitado de su cliente, al que llega a pedirle consejo para reconquistar de nuevo a su mujer en una de las escenas más descacharrantes de la comedia. Con tal de impedir su fracaso matrimonial, Gregorio está dispuesto a saltarse todas aquellas normas, que antes consideraba de estricto cumplimiento para la concesión del crédito. De ese dinero ya no sólo depende la felicidad de ese desconocido, que se vende como un gran seductor de mujeres, sino también la suya propia. Al menos, así lo cree… La habilidad del autor consiste en despistar al lector y sorprenderlo continuamente con el devenir de la acción en una especie de juego, que viene a demostrar cómo el peligro, entendido en este caso como aquello que puede poner nuestra vida patas arriba, no siempre viene de la dirección anunciada y, en la mayoría de los casos, escapa totalmente a nuestro control.

 

Sin embargo, hay algo a lo que el banquero sí podría haber puesto freno a tiempo, tal y como se aprecia en un diálogo crucial de la obra, cuando desencadena sin saberlo su crisis matrimonial: la tiranía del dinero, de esos euros que calibran todo lo concerniente a nuestras vidas y que, por ende, acaban poniendo precio a su propia mujer y constituyen la trampa, en la que caerá para su desgracia. No tardamos en comprobar que este empleado no es más que otra víctima del monstruo de la crisis, por muy salvado que se sienta al comienzo de la historia como parte del engranaje financiero, que parece gobernar nuestra existencia.

 

Galcerán se sirve del delirio de ambos personajes para presentar unas vidas marcadas por la inestabilidad, tanto económica como emocional. Una realidad que podríamos definir a través de los parámetros de fragilidad y desorientación, dos principios que nos remiten a una reveladora teoría filosófica, manejada por el dramaturgo para hablar del sustrato de su comedia: “Vivimos un momento en el que todo se nos escapa de las manos, en el que no hay nada tangible o seguro”. El autor catalán se refiere al concepto de La Modernidad Líquida, acuñado por el veterano filósofo polaco Zygmunt Bauman, quien considera que la incertidumbre, la inseguridad y la vulnerabilidad son las marcas de indentidad de nuestro tiempo. Esta anómica “precariedad”, provocada actualmente por la ausencia de asideros y certezas, late en el fondo de este texto que, no obstante, transita por las coordenadas más accesibles y livianas de la comedia para llegar al gran público. Después de asistir, entre risas, a este patético duelo de dos marionetas del sistema capitalista y de su estafa intrínseca, resulta inevitable plantearse una de las cuestiones nucleares de El crédito: ¿Quién nos salva de la crisis de valores o, simplemente, del azar? Nada ni nadie… Sólo autores como Galcerán pueden lanzarnos el flotador del humor para rescatarnos de las inciertas aguas de nuestra época y garantizarnos diversión.

 

Fuente: El Kiosko Teatral

 

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